martes, 8 de diciembre de 2015

«El libro de las ilusiones», de Paul Auster



   Yo sólo buscaba algo que hacer, una ocupación agradable que me tuviera entretenido hasta que me sintiera con fuerzas para volver al trabajo. Me había pasado cerca de medio año viendo cómo me venía abajo, y era consciente de que, si seguía mucho tiempo así, acabaría pasando a mejor vida. No importaba cuál fuese el proyecto ni lo que esperase sacar de él. En aquellos momentos cualquier decisión habría sido arbitraria, pero aquella noche había vislumbrado una idea, y gracias a dos minutos de película y a una breve carcajada decidí recorrer el mundo en busca de comedias mudas.


   Zimmer, profesor de Literatura en la Universidad de Vermont, pierde a su mujer y a sus hijos en un accidente de avión y se sume en un trance relativamente llevadero. Alcohol, apatía, decadencia, inconsciencia. Ese estado anímico parece la brecha que posibilita la historia posterior: Zimmer experimenta algo parecido al entusiasmo cuando se topa con las películas de Hector Mann, actor desaparecido hace años al que se da por muerto. Zimmer encuentra ahí su vía de escape y empieza a escribir un libro sobre él, sobre Hector Mann. Poco después, la mujer de Mann le escribe para decirle que el actor está vivo y que desea verle. Zimmer se resiste, incrédulo, opone cierta distancia, pero parece inevitable que algún acontecimiento acabe por decidir el viaje.

   Auster ya ha puesto en marcha la historia; ha sentado, como de forma casual, imperceptible, mientras narra con absoluta facilidad, las bases de toda la novela; ha conjurado a la ficción y con una escritura absorbente —sencilla, silenciosamente urdida, bien controlada— empieza a ligar la historia de Zimmer y la de Mann, crea sutiles conexiones entre uno y otro relato para seguir avanzando hasta tocar la ilusión, la sensación del sueño, hasta darse de bruces con ella y abrir nuevas cuestiones. Auster acude al viaje como elemento literario, como forma de desplazar al estancado Zimmer y quizá como símbolo de la separación de ambos afluentes de la novela, del aquí y del allá; es una forma de confundir y a la vez de dar identidad a cada uno de los lados. Pero hay más. Zimmer viaja para ver las películas que conservan, para poder estudiarlas. Películas que no ha visto nadie más allá de la familia; películas que se rodaron para no ser vistas, para no tener público. Es una especie de idea del arte por el arte ligada a alguna negación, a algún expreso rechazo a la inmanencia o al recuerdo, y parece un deseo inquebrantable, la noción sobre la que se va a sostener el todo.

   El libro de las ilusiones es una especie de entramado de deseos y anhelos que amenazan con consagrarse al olvido, con destruirse y destruir a uno. Es un entramado de historias sobre historias que parecen confluir en algún punto volátil y muy vivo que viene a señalar la existencia de la vida en la inminencia de su desaparición —o si acaso, en la posterior conciencia de ese momento, cuando casi todo está perdido—. Auster proyecta una vida esencialmente literaria —y cinematográfica— con una maestría prácticamente implacable, como si ejerciera un funambulismo necesariamente vital.


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