miércoles, 4 de noviembre de 2015

«La literatura es mi venganza», de Mario Vargas Llosa y Claudio Magris



   En 2009 Magris y Vargas Llosa aceptan mantener un diálogo sobre novela, cultura y sociedad. Con un motivo tan abierto quizá excesivamente ambicioso, seguramente inagotable puede que sólo quede leer estos planteamientos en tanto que formulados y delimitados por Vargas Llosa y Magris, es decir, en tanto que ubicados y enfocados más o menos arbitrariamente —con admirable criterio— precisamente por ellos, con todo lo que eso supone. Poniéndoles cara, enmarcándolos en un contexto preciso pero aceptando también las raíces, teniendo presente las voces que han contribuido a formar las suyas, sus juicios e ideas.

   Ambos, si acaso desde distintos puntos, asumen la literatura como una especie de motor, diría. La literatura como esa creación que puede y debe tocar el mundo, actuar sobre la vida o sobre nuestro entendimiento y despejar caminos o, en todo caso, mostrarlos, hacerlos visibles. Evidenciar ciertas formas de vida, ciertas contradicciones, ciertos modos de pensamiento; ordenar, no juzgar, no desde luego como primer objetivo. Pero la literatura como algo más, como un discurso que el escritor traza poniendo todo o casi todo de él mismo —elementos racionales y no, conscientes y no— en el que caben cosas impensables en la realidad; la literatura como algo que conecta directamente esa realidad con otro plano no muy lejano ni independiente.
   Magris y Vargas Llosa muestran o hablan de la literatura como posibilitadora de tiempos distintos, estilos distintos, vacíos distintos, otras composiciones que se completan con lo no escrito y con el papel del lector. La literatura, en última instancia, como forma de pensar el presente, el mundo; como forma, de pensarnos nosotros en el mundo. Y, en otro orden de cosas —hasta donde pueda hablarse así, la figura del escritor. Un análisis externo o al menos de otro tono para ella, unas categorías distintas para un examen que entraña observaciones diferentes, más audaces y más temibles, a veces fuera de nuestro alcance. Las relaciones entre la obra y la vida o sencillamente el intento de comprender ideas condenables, encajarlas en ese mundo literario y en lo que nosotros esperaríamos de los escritores, supongo.

   Quizá una de las conclusiones que se sigan del razonamiento sea la necesidad de contar con buenos lectores —de tratar de leer con cierto sentido— para comprender y atender a la realidad, para captar los movimientos del mundo. Entender que la literatura hace algo —funciona— más allá de los límites aparentes, si se le da la ocasión. Que es, a su manera y con sus reglas, extremadamente vital.


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