lunes, 6 de enero de 2014

«París no se acaba nunca», de Enrique Vila-Matas






Siempre grande y sólido y de una habilidad discursiva fascinante. 

Supongo que el motor de esta novela no es sino la experiencia de Hemingway en París, años veinte, relatada en París era una fiesta; el relato, con un deje de ironía (amable, sonriente, benévola, aunque a veces no tanto), de aquella experiencia de aprendizaje literario y vida bohemia revivida por Vila-Matas cuando se instaló en una buhardilla alquilada a Marguerite Duras —cuyos consejos para escribir, esquematizados en una cuartilla, irá siguiendo, o peleándose con ellos y tratando de descifrarlos— para escribir La asesina ilustrada mientras se encuentra con otros escritores y personajes, mientras reflexiona sobre citas, mientras escribe algo real, mientras intenta vivir con una joven y graciosa impostura, mientras piensa en Hemingway y lo analiza con tal certeza y sonrisa oculta que a los —me confieso, por si no lo había hecho ya— admiradores de Hemingway no nos queda otra que dejarnos atrapar por esas líneas.

Vida, literatura y ficción se difuminan, o igual sólo hay una confusión entre qué sea cada una de esas cosas. ¿Novela o conferencia?, dice al principio. ¿Novela o vida? ¿Vida o literatura? ¿Es Duras —dice— muy sincera o hará todo el rato literatura? ¿Y él, el propio Vila-Matas? ¿Hay algo que no pueda atrapar o modificar a su antojo? ¿Literatura que viene dada por la misma prosa, que se engendra a sí misma y revierte en sí misma?

Es cierto que más que por la trama, destaca por su entramado narrativo. La historia en sí no es el centro, o quizá un pequeño centro, la excusa para decir Soy Vila-Matas y sé escribir; más aún: no puedo escribir mal. Y uno, lector, asiente y disfruta de ello. No hay grandes sobresaltos o sorpresas argumentales, es todo un continuo que fluye y se va recogiendo a sí mismo para seguir desplegándose.
Para aquellos que de alguna manera tenemos la imperiosa necesidad de escribir, es curioso verse reflejado en más de un pasaje, sentirse cómplice de las observaciones del autor, de sus referencias, de sus rechazos y hachazos, de sus idas y venidas. 
Es muy, muy recomendable, e incluso algo más: para los amantes de la literatura sin concesiones, debe de ser imprescindible.
En lo suyo, este hombre es el mejor que he visto hasta ahora (y dudo que tenga que enmendarme más tarde).

La novela, igual que Hemingway —y París, pobre París— concluye. Hemingway no se acaba nunca, pero se acabó. Quizá París siempre te persiga o vaya contigo, pero pasó.
Quizá haya que pagar la factura de luz de tres generaciones de artistas y lo mejor sea abandonar la buhardilla de Marguerite Duras y volver a Barcelona.

Habrá que quedarse con el último consejo que le lanza Duras: Usted escriba, no haga otra cosa en la vida.

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