domingo, 13 de marzo de 2016

«Se está haciendo cada vez más tarde», de Antonio Tabucchi


   Ya sé que estoy haciendo un vuelo pindárico, y que todo esto no tiene lógica, pero ciertas cosas, lo sabes, no siguen lógica alguna, o por lo menos ninguna lógica que sea comprensible para quienes, como nosotros, vamos siempre en busca de la misma lógica: causa efecto, causa efecto, causa efecto, sólo para dar sentido a lo que carece de sentido. Por eso, como diría mi amigo, escogen el silencio las personas que en la vida, en un momento u otro, escogen el silencio: porque intuyen que hablar, y sobre todo escribir, es siempre una manera de llegar a un compromiso con la carencia de sentido de la vida.


   Tabucchi dice que ésta es una novela en forma de cartas, o algo parecido. No puede ser, creo, más que algo parecido a una novela en forma de cartas; no necesita ser más que eso ni ha de serlo para cumplir con lo propuesto o apuntar en la dirección indicada. Si las diecisiete misivas que componen esta obra tienen algún vínculo o comparten algo, debe de ser la imposibilidad que las atraviesa, la irremediable sensación de ausencia, la distancia, las imposiciones que trae el tiempo, la inadecuación, la certeza de que algo no funciona, la inevitable ironía que las cubre.

   Quienes escriben estas cartas saben ya desde el inicio, o se encuentran de pronto, conforme discurren, con que la carta es un artificio quizá inútil y revelador, con que la vida —el discurso de la vida, independiente al de uno mismo— tiene otro ritmo, otros motores, otra frecuencia. O quizá sea sencillamente que no entiende, la vida, el mundo —o las distintas vidas, los distintos mundos—, de deseos y anhelos propios, de mensajes privados o justicias poéticas. Los remitentes comprenden o se encuentran con que quizá se escriban a sí mismos, con que quizá el tiempo haya impuesto tanta distancia que no haya ya destinatario, no haya otra voz, no haya respuesta. Muchos de ellos se han anticipado, otros han llegado demasiado tarde. Otros probablemente no pueden llegar: están en otra frecuencia, transitan algún camino incompatible con ese con el que pretenden conectar. Para ellos la comunicación o el encuentro es imposible, es evidente que hay algún tipo de traba insalvable: su vida, o la vida, está graciosamente truncada, goza de cierta perversión. Tabucchi muestra, en cualquier caso, haciendo suya la mejor ironía y un asombroso dominio del rumbo del discurso de quien dice unas cosas y oculta o vela otras, la patética lucha de las intenciones y de los deseos humanos contra la vida, contra algún tipo de obstáculo infranqueable, de imposición mayor.

   Hay, además, un clima esencialmente literario que parece fundamental para sumirse uno, escritor de una misiva infeliz o lector de la misma, en la memoria y en la imaginación, en el mundo interior —en las pasiones, los recuerdos, los asuntos pendientes, las cosas que nunca se hicieron o que nunca sucedieron— donde se infiltra la ficción para jugar alguna mala pasada, para descubrir el engaño o el desfase, el desequilibrio, la inviabilidad del rumbo establecido. La literatura —la multiplicidad de referencias— parece servir tanto de refugio como de burla o fatalidad, pero es, en el fondo, necesaria o inevitable. Dice Tabucchi que la carta es un mensajero equívoco. Guarda cierta falsedad, cierto engaño, cierta ilusión. En ella confluyen múltiples voces y múltiples registros. Es, a su manera, un simulacro vital. Una muestra de las expresiones que conforman la vida, de lo que, con mejor o peor suerte, hemos de decir o mostrar, si acaso mediante rodeos.


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