sábado, 25 de abril de 2015

«Plataforma», de Michel Houellebecq



   Yo no veía ninguna objeción a que la sexualidad entrara en la economía de mercado. Había muchas maneras de gastar dinero, honradas y deshonestas, cerebrales o, por el contrario, brutalmente físicas. Uno podía ganar dinero gracias a la inteligencia, el talento, la fuerza o el valor, o incluso la belleza; también podía tener un simple golpe de suerte. Lo más normal es que el dinero llegara por herencia, como en mi caso; entonces, el problema se trasladaba a la generación anterior.


   Houellebecq es áspero, duro, frío, tajante, quizá algo odioso; según como se mire. Supongo que la parte que te hace seguir leyendo sin juzgarlo demasiado rápido es esa visión distanciada y segura de sí misma que saca a la luz los trapos sucios de las relaciones humanas, del día a día, de Occiente y del capitalismo y de la vida vista en clave empresarial o de cálculo, o algo así. Pero puede que no sean trapos sucios: puede que sea una visión demasiado realista que no sabe de concesiones o paliativos. Aunque quizá no sea tan intensa como en Las partículas elementales, uno se topa de nuevo con la sensación de tener que parar un momento y tomar aire para dar con una distancia casi equivalente a la del propio Houellebecq y que el trato descarnado no le afecte de lleno. En caso de no lograr esa distancia, la cercanía con la narración puede ser más vívida y a la vez peligrosa; uno entiende que está ante un escritor al que nada le importa más de la cuenta y que escribe descargando un peso que sería lapidario si no fuera porque tampoco eso le importa mucho, como si ya lo hubiera superado o estuviera más que acostumbrado a ello.

  Cuando uno ha renunciado a la vida, sólo subsisten los contactos con los comerciantes.

   Houellebecq se acomoda en una especie crisis vital que nunca termina de disiparse y analiza con habilidad el mercado, el aburrimiento y el consumismo desatado, la decadencia del hombre y lo patético de sus intentos por encontrar algo (feliz), la fuerza de la juventud y el paso del tiempo, la religión y la política. Ve el mundo como imagen de un folleto publicitario, un mundo desolado que tiende inevitablemente al abismo; y escribe como si ya no sintiera nada, como si no pudiera salir herido de allí, incluso parece divertirse y lanzar al lector más familiarizado sonrisas amargas mientras continúa narrando y desafiando a quien defienda que quedan verdaderas emociones más allá de las relaciones sexuales, que tampoco son, al fin, la salida, pero sí un remanso o ilusión de plenitud, diría él.
   La pulsión de desencanto salvaje y miedo neutralizado es bien reconocible, quizá tanto en sus obras como en quien las lee con cierta cercanía; hay algo de recordatorio, algo que no se va y que hace girar la trama con una especie de obsesión que no deja de encontrar en su camino motivos para refirmarse y desarrollarse.
   Una lectura justa puede hallar en esta obra proyecciones y sentencias abrumadoras, tanto como para no querer creerlas y huir en cuanto él ceda un poco. Lo que suele ocurrir es que él no cede y que uno sigue leyendo y casi resignándose mientras piensa que sí, que Houellebecq está en lo cierto, que sabe lo que lleva entre manos y lo domina con desparpajo y soberbia. Que es un grande. Que quizá sea algo apocalíptico, pero que sabe defender sus creencias como nadie, y que leerle tiene a la vez algo de tragedia y de alivio.


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